

Me encanta cocinar.
Qué pocas veces lo hago. Mejor dicho, qué pocas veces lo hago con ganas.
Por las prisas.
Por el "¿qué pongo mañana?"
Porque esto no les gusta, porque aquello menos.
Y entonces normalmente en vez de cocinar, hago la comida, que parece lo mismo pero no es igual.
Hoy he cocinado yo, he cocinado con calma, con tranquilidad.
He hecho olla podrida.
No tiene ningún misterio.
La he hecho despacito, con mimo, vigilando las alubias.
No en la olla a presión. Sino como la hacía mi abuela, y como la hace mi madre.
Las alubias rojas las compro donde Maricarmen.
Maricarmen me saca de muchos aprietos.
Tiene una tiendecita abajo de casa, de las de toda la vida, de las que me gustan y cada vez más.
Me encanta ir donde Maricarmen y comprar las legumbres, y la fruta y la verdura. Y charlar con ella. Las tiendas pequeñitas de barrio, las reivindico, que me encantan, que me daría mucha pena que desaparecieran.
He hecho olla podrida.
No tiene ningún misterio.
Y he puesto morcilla, morcilla que me ha dado mi vecina, que en su pueblo han hecho matanza.
Y también costilla y tocino y chorizo y pata y oreja...
Y la he hecho despacito. Como toda la vida.
Hoy, he cocinado yo.
Y se han chupado los dedos, y les ha gustado.
Qué rico sabe lo que se hace despacito y con mimo...